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jueves, 29 de diciembre de 2011

"Cómo cambiar el mundo" (libro)

"Eric Hobsbawm, el más famoso de los historiadores actuales y una de las voces más autorizadas de la izquierda, sintetiza en este volumen más de cincuenta años de trabajo en torno a Marx y el marxismo." Así comienza la contratapa del último libro del prestigioso historiador británico: "Cómo cambiar el mundo", y tiene razón. De eso se trata.

A sus 95 años de edad, con 16 libros publicados -incluyendo éste-, Hobsbawm: ¿sigue escribiendo? Sí, pero cuidado...

En sus 490 páginas hace una síntesis histórica (recordemos que él es historiador) del marxismo, desde aquel encuentro que cambiaría la radicalidad política para siempre: cuando un jóven Karl Marx conoce a un más jóven Friederich Engels en 1841.

Esa amistad duraría toda la vida (Engels le sobrevivirá a Marx unos 12 años) y no solamente serviría en el terreno personal (conocido es el hecho que Marx sufriría muchas dificultades económicas -sobre todo en la segunda parte de su vida, paradójicamente la de más profunda producción intelectual- momento en que sería asistido por su amigo Engels financieramente) sino que también sería una sociedad intelectual y política de alto impacto. Tengamos en cuenta que tan sólo siete años luego de haberse conocido, Marx y Engels (aunque también es sabido que el primero fue más responsable de la redacción del texto que el segundo) redactarían el libro más editado en la historia de la humanidad, con la sola excepción de La Biblia: El "Manifiesto Comunista".

El libro de Hobsbawm rescata, en dos grandes partes en las que el texto se divide, muchos detalles, especialmente en el primer bloque donde trata los tiempos durante la vida de Marx. No obstante al libro le caben muchas críticas, literarias así como políticas.

La primera es la portada elegida para el libro, la cual ilustra dos imágenes de vigoroso impacto: en la parte superior un detalle de una alegoría de la Revolución Rusa (1917) con
una suerte de cosaco gigante portando un mástil con una larguísima bandera roja que camina por ¿Moscú? acompañado por todo el pueblo ruso a sus pies (una especie de "leviathán revolucionario", aunque la comparación me resulte odiosa), y en la parte inferior la eternamente repetida imagen-icono del "Che" Guevara pintada en un fondo rojo plano.

Busqué la portada original para ver si era efectivamente ésta y no una estrategia de marketing de la editorial Crítica y, para mi grata sorpresa, efectivamente lo es (segunda imagen), aunque sea poco o nada lo que se habla de Ernesto Guevara en sus páginas... Esa es mi primera decepción a confesar.

Distinta es la edición española en donde el "Che" fue directamente borrado de la portada (tercera imagen), seguramente por su directa alusión a la
"cuestión latinoamericanista" que -convengamos- puede resultar bastante ajena para el público español.

Pero esta alusión directa a la figura del "Che" hace ruido en el sentido que el libro trata de una historia del marxismo pero desde un punto de vista bastante eurocéntrico (y aquí le cabe la crítica política). No es que no se hable de Latinoamérica, África o Asia en sus páginas, de hecho se mencionan varias veces las vicicitudes del marxismo en estas latitudes (inclusive hay una alusión solapada al fenómeno del peronismo), pero sí en cuanto a que quedan marginadas las "periferias" del marxismo que han resultado -algunas veces más que otras- tanto o más interesantes que la "versión original" (ortodoxa) del marxismo-comunista-soviético (todo así, como concepto en sí mismo).

Huelga decir que Hobsbawm cuenta con la erudición harto suficiente como para dar cuenta de esta historia, pero que no deja de sonar a "historia oficial" del Partido Comunista (PC) y de las posiciones pro-soviéticas (sean estas correctas o erradas, no es esa aquí la discusión). Y esto incluye también a las revisiones post-estalinismo que realizó la propia URSS en 1953 denunciando públicamente los crímenes de Stalin. Pero resulta injusto que, en una "historia del marxismo" -aún cuando sea compilada- el único tratamiento profundo a un marxismo "externo" -entiéndase no-alemán durante la época de Marx (1818-1883) y no-ruso a partir de 1917- sea a Antonio Gramsci, principal dirigente del PC italiano durante el fascismo de Mussolini.

Quedan fuera de esta historia ("oficial") no sólo el "Che" Guevara (recordado solo en un párrafo -además de la portada- que marca "Éstos [los nuevos movimientos radicales de la izquierda] evidentemente no rechazaron a Marx, cuyo rostro barbudo se había constituido en icono revolucionario, aunque lo fueron sustituyendo gradualmente por una imagen más adecuada de insurrección voluntarista, la del Che Guevara"), sino también "detalles" como la Revolución Cubana (1959) in totum o Mao y la Revolución China (1949), para nombrar episodios de trascendencia mayor (tanto el "Che" como Mao eran profusos escritores e intelectuales bien formados). Nadie pide que en 500 páginas se traigan a colación estudios acabados sobre cada uno de estos procesos revolucionarios, máxime cuando el metié de la obra no es hablar de los procesos políticos sino de la intelectualidad del marxismo. Pero sí dar cuenta del impacto intelectual de casos como, por ejemplo, el maoismo en los ´60 o de la Revolución Cubana en la América Latina del mismo período e incluso su influencia en los procesos de liberación nacional de las colonias durante las décadas de 1960 y 1970 que cambiaron radicalmente el planisferio y tensaron riquísimos debates intelectuales dentro de la izquierda.

Quizás sea más exacto admitir que "Cómo cambiar el mundo" es una historia del marxismo occidental, pero tampoco le hace justicia -a pesar de sus numerosas alusiones- a los debates sismáticos dentro del marxismo como la "oposición de izquierda" de León Trotsky y seguidores contra el estalinismo y que, aún siendo minoritaria, generó una Internacional (la IV) diferenciada de la eclipsada por el PCUS (la III).

Como tampoco toma a marxismos "heterodoxos" (es decir no-soviéticos) como los que habitaron la Escuela de Frankfurt en plena Alemania nazi y cuyos intelectuales distan mucho de poder ser considerados "menores", tanto por su talla como por su influencia en algunos sectores académicos y en amplios sectores sociales: Max Horkheimer (no mencionado en todo el texto), Theodor Adorno (tampoco), Herbert Marcuse (con tres menciones marginales, una de ellas a "El hombre unidimensional" -libro fuertemente influyente en el "Mayo Francés" de 1968-, aunque sea críticamente), Walter Benjamin (mencionado al pasar dos veces), Erich Fromm (no mencionado), son algo más que islotes de sectores "marxizantes" (término usado por Hobsbawm en el libro para calificar a sectores como estos) eclipsados por un Gramsci "único".

Gramsci fue -y no caben dudas de esto- un pensador de enorme tamaño al servició de la revolución mundial. Hobsbawm hace reconocimiento expreso de ello dedicándole dos capítulos de este libro. Pero la recopilación de trabajos hace relegar a un segundo plano a otros pensadores marxistas -incluso "oficiales"- como el eslavo Karl Kautsky, el estructuralista francés Louis Althusser o el húngaro Greorg Lukács (los tres mencionados de manera más repetida que otros casos) que tato aportaron a la intelectualidad marxista, incluso la pro-soviética o cercana a su visión. Hasta el propio Lenin es mencionado en términos generales...! En este marco, ni qué decir de ciertos "díscolos" marxistas como Bertol Brecht, Rosa Luxemburg, Perry Anderson o hasta Tony Negri. Tampoco están desarrollados otros intelectuales marxistas como el peruano José Mariátegui, cuyo apellido sale al pasar una sola vez junto con varios en todo el libro y que evidentemente no goza siquiera de un estátus para criticar, como sí evidencia tener el "Che" Guevara para el historiador británico.

En cambio, es justo el reconocimiento que el autor hace a los socialistas utópicos (Robert Owen, Charles Fourier, el Conde de Saint-Simón, entre otros) en cuanto a que ellos fueron los primeros en comprender los perjuicios de un capitalismo recientemente instalado en su versión industrial más primigenia, como así mismo dibujar no solo en la teoría sino también en la práctica alternativas concretas que iban mucho más allá del simple reclamo puntual e individual.

Los socialistas utópicos no sólo hablaron de armonía de clases y de cambios graduales dentro del capitalismo. La crítica al "régimen industrial" y la necesidad de un nuevo orden social (Owen), la crítica al sistema de propiedad -privada- (Saint-Simón), nociones como el pensar y accionar colectivo (Fourier), la idea de una organización alternativa en el hoy -organización de la clase obrera ocupada en sindicatos y no ocupada en cooperativas- (Owen), la idea de un "antagonismo de clases" entre una clase social ociosa y otra productora -aunque ésta incluía a trabajadores y empresarios industriales- (Saint-Simón), la liberación de la mujer y la crítica al patriarcado (Fourier), el condicionamiento social del individuo por su entorno -"determinismo" que los hegelianos llamarían "materialismo"- (Owen), la persecusión del bienestar de la clase más pobre en pos del bienestar social general (Saint-Simón) y de una noción de una "justicia social" (Fourier), o la planificación económica (Saint-Simón) son todos conceptos en efecto heredados por el marxismo y no creados por éste.

También están bien desarrollados análisis sobre las tendencias de ciertos nacionalismos o mismo de partidos comunistas con características propias como el PC Francés -no marxista y muy tendido a una visión racionalista-, así como los debates con el revisionismo socialdemócrata y el reformismo -Eduard Bernstein, August Bebel o la Sociedad Fabiana, para mencionar algunos de los incluidos en el libro- y en cierto modo también los debates del marxismo con el anarquismo -como Pierre-Joseph Proudhon y Mijail Bakunin, mientras que Piotr Kropotkin o Errico Malatesta no son siquiera mencionados-. También está muy bien desarrollado el análisis sobre la alianza anti-fascista que el marxismo intelectual así como el comunismo político desarrollaron con sectores liberales en la década de 1930, que incluye un pormenorizado relato de la compleja relación entre los marxistas de entonces y el mundo del arte.

Está claro que no puede tratarse una "historia del marxismo" solamente con los debates endogámicos, por lo que era necesario tocar las tardías críticas de la intelectualidad del capitalismo liberal de fines del siglo XIX y durante el siglo XX hacia el marxismo. Pero algunas ausencias resultan resonantes precisamente por su vacío.

Desde ya que los detalles de la obra de Marx y Engels resultan de excelencia -en especial el análisis de textos como las "Formen" o el "Manifiesto Comunista" (en un capítulo que fuera redactado para una edición de los 150 años del manifiesto)-, aun cuando algún texto incluido date de 1956... De hecho, varios capítulos son trabajos de 1982 (capítulos de otros libros suyos). De hecho, de las casi 500 hojas, sólo 72 están escitas -incluyendo las que fueron publicadas con anterioridad pero que ahora sufrieron correcciones por el autor- en estos últimos 12 años...

Sí caben -y muy necesario resulta- un capítulo entero dedicado a la caída de la URSS y del "socialismo real" como modelo alternativo al capitalismo liberal. Hobsbawn no ha sido un autista en este sentido y el libro no merecería todos estos comentarios si la obra no tomara el guante de dicho período y no produjera las interesantes reflexiones que se reflejan en el texto.

La actualidad de las mismas resultan, pues, vigentes, pero no de un modo de ser novedosas sino en el más estricto sentido de la palabra "vigencia" (que permanece en el tiempo). De este modo, si el lector está buscando "lo último" de Hobsbawm, bueno, saldrá decepcionado. Aunque sí resulta, en cambio, un excelente compendio de algunos de los mejores trabajos de Hobsbawm (al estilo de "los 16 más exitosos papers" del historiador británico) sobre el marxismo como movimiento intelectual.

El libro no trata, pues, de los logros políticos del comunismo, como tampoco de sus fracasos. Sí en cambio trata los avances intelectuales del marxismo así como sus retrocesos. Con todo, los pro y los contra, "Cómo cambiar el mundo" resulta un libro recomendable para todo interesado en el mundo de las ideas, las que sirven de sustento a los cambios y continuidades de la realidad material. Un Hobsbawm -en todo sentido- de antología.

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